Por Miguel Ángel Gaviño González Saravia

¿Es normal odiar a alguien sólo por ser diferente? ¿Qué reacción tendríamos si alguien con poder decidiera deshacerse de los homosexuales, los religiosos y los discapacitados? ¿Qué pasaría si esta persona lograra convencer a toda una nación?

Probablemente ya te hayas dado cuenta de que esto sí ocurrió hace no menos de nueve décadas. Cuando Adolf Hitler ganó las elecciones en 1933, se enfocó en explotar el sentimentalismo en su máxima expresión, utilizando el lenguaje para alterar el pensamiento de millones de personas. Las palabras tienen el poder de cambiar la realidad y el comportamiento de alguien de una manera tan silenciosa y efectiva que ni siquiera se dará cuenta. Basta implantar un concepto nuevo o diferente en la mente de un individuo para que éste inicie una guerra contra su propia familia.

Pensaríamos que esto es algo complicado y que se requerirían técnicas avanzadas de psicología o hipnosis para implementarlo, pero en realidad es tan sencillo que se puede aplicar de manera remota y masiva. Los medios de comunicación, como la televisión, el cine y las redes sociales, tienen la capacidad de lacerar el pensamiento en todos los niveles socioeconómicos, sin distinguir edad o nacionalidad.

¿Quieres saber cómo lo han logrado? Este método consta de tres sencillos pasos:

1. Alterar un concepto

El éxito para que los crímenes de Hitler pasaran inadvertidos fue lograr que la gente sustituyera el concepto de “ser humano” por el de “raza”, escudándose así en que el final pensado para los más débiles no era “homicidio” sino “selección natural”. La percepción que los verdugos de la milicia alemana tenían sobre un judío estaba tan alterada que ni siquiera eran conscientes de estar arrebatando la vida de un igual. Quien pensara lo contrario era ridiculizado, degradado o acusado de traición. Esta técnica reduce el valor de la esencia original y elimina la seriedad de lo que realmente representa, provocando, por ejemplo, que palabras como “Cigoto” o “Embrión” sean objeto de burla hoy en día.

Para lograr esto basta con apoderarse de la educación de unos cuantos hasta moldearlos como conviene a otros cuantos. Con este cambio estructural en el pensamiento bastaría para alterar la conducta de una persona, sin embargo, no es suficiente para lograr un cambio verdadero en la sociedad entera. El verdadero reto viene a continuación.

2. Pasar desapercibido

¿Recuerdas cuando tomaste alcohol por primera vez? Un estudio realizado por la revista científica Alcoholism: Experimental & Clinical Research nos dice que la mayoría de las personas no lo hace por su sabor sino por la experiencia que éste genera. Al comprobar que otras personas, incluso las más cercanas, consumen alcohol de manera habitual, nos damos cuenta de que es una práctica socialmente aceptada y no sólo nos sentimos tranquilos de beber de vez en cuando, sino que a veces hasta nos obligamos a hacerlo, a pesar de saber que hacerlo en exceso puede ser nocivo para la salud. El sabor pasa a segundo término y la sensación de pertenencia al mundo normal se convierte en prioridad.

Este artículo no busca satanizar el consumo del alcohol, que de hecho no es malo si se bebe moderadamente. El problema radica en la sutil manera de convertirlo en una práctica normal, llevada a cabo por gente normal. Y ese fue el gran logro en el holocausto: El odio hacia las personas diferentes era parte del día a día y se observaba tanto en familiares cercanos como en quienes caminaban al otro lado de la acera, en gente normal de todas las edades, con sueños y necesidades, que buscaban la felicidad para sus seres queridos y trataban de ganarse el pan como todos nosotros. Este método provoca que, aunque la práctica no sea éticamente correcta, se encuentre una falsa justificación en la tranquilidad de que “todo el mundo lo hace”.

3. Llevar el respeto al extremo

Después de jugar con la percepción de un concepto y de banalizar su significado hasta convertirlo en parte de la cotidianeidad, sólo resta categorizarlo en un esquema ético. Ahora, ¿Qué pasaría si esta decisión no partiera de una verdad absoluta y cada quien se convirtiera en juez? ¿Qué sería de estos nuevos conceptos si cada individuo se sintiera en un universo aislado en lugar de ver la vida como una realidad compartida? Hemos llegado al último paso de este método: reducir el concepto del mal a un trivial acto humano. Esto otorga la libertad para que cualquiera pueda decidir lo que es justo o injusto y lo que es moral o inmoral según su propia percepción. La única ley que prevalece es la de lo “políticamente correcto” y nuestra conciencia, esa brújula que dicta la bondad de nuestros actos, está magnetizada con una falsa tolerancia que respeta de manera extremista sólo aquello que concuerda con las propias ideas.

¿Eres o conoces a alguna víctima de este método? ¿Cómo debes actuar ante alguien que ha sido afectado?

Si en algún momento llegas a entablar conversación con alguien que haya sufrido una alteración así, es de suma importancia que no lo juzgues como primer acto, ya que nunca se puede saber a ciencia cierta lo que ocurre en su vida ni lo que haya experimentado en su pasado. Recuerda que vivimos en un mundo bombardeado por un sinfín de corrientes y los medios de comunicación pueden ser devastadores. Los conceptos que se construyen alrededor de una persona pueden estar labrados de una manera tan sofisticada y profunda que cualquiera puede sucumbir ante ellos sin siquiera darse cuenta.

Para ayudar a una persona así no debes sancionar como un juez castigador, cuyo trabajo consiste sólo en buscar la maldad en su adversario, sino como un hermano mayor que se preocupa sinceramente por el bienestar de los más pequeños, sabiendo que sus ideas erróneas les pueden causar un gran dolor. Así como Jesucristo no vino “para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo” (Juan 3:17), nosotros debemos enfocar toda nuestra energía en amar a la persona y no perderla de vista sólo por sancionar una idea, por más ridícula que parezca.

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