Por Miguel Hernández Díaz

No cabe duda que el ser humano se enfrenta a muchos problemas diferentes en su vida, unos peores que otros, pero todos culminan con la muerte. Muchas personas prefieren evitar el tema, otros prefieren camuflarlo. El día de hoy tememos por nuestras vidas gracias al surgimiento de una pandemia, y buscamos los medios que nos lleven a sobrevivirla. Sin duda, el horizonte de la muerte es algo que, por naturaleza, tratamos de evitar, algo que nos aterra. Pero es también algo que acompaña al hombre. Sólo hace falta abrir un periódico para leer sobre las muertes del día. Y luchamos por sobrevivir, por evitarla, pero siempre está allí.

¿Por qué nos es tan aterradora la idea de morir? Seguramente se debe a lo que ella interrumpe: el amor que sentimos por los demás, el gozo de una familia, disfrutar de la comida, de los colores que vemos, de las emociones que sentimos. La muerte no es mala por lo que es, sino por lo que nos quita. Sería muy diferente si realmente estuviéramos seguros de lo que hay detrás de ella.

¿Dónde están los que han muerto? ¿Dónde están nuestros seres queridos? ¿Nos seguirán amando como antes, nos recordarán como nosotros lo hacemos? ¿Se han borrado de nosotros definitivamente? No podemos saber nada de esto con certeza, solo con la fe.

Eso mismo experimentan los apóstoles el sábado santo. ¿Dónde está Jesús? ¿Se habrá ido para siempre? ¿Habrán muerto sus enseñanzas, sus milagros, sus obras con él? Para ellos esa muerte en la cruz no significaba solamente perder un amigo, un maestro, un ser amado, sino el sentido que le habían dado a sus vidas durante 3 años de enseñanzas.

Pero no se quedarían así, ¡Jesús resucitó! Y es que esta simple frase es la más importante de todos los textos sagrados. Jesús está vivo y san Pablo entiende perfectamente la profundidad de la resurrección de Jesús: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y seguís aun hundidos en vuestros pecados. Y por supuesto habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo. Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1Cor 15, 17-19).

La resurrección de Cristo es pues el motor que da vida a nuestra fe. Porque él ha vencido a la muerte y la muerte dejó de ser el fin del hombre. Jesús nos enseña que nuestra vida ahora tiene un sentido, un propósito que se verá realizado con la muerte, porque la resurrección de Jesús no es un paso hacia atrás, sino hacia delante. No es que regrese a la vida de antes, sino que entra en la plenitud de lo que la vida significa. No regresa al tiempo, sino que salta a la eternidad, donde el tiempo deja de existir.

Cuando Jesús resucita a Lázaro, lo regresa a la vida que tenía, pero cuando Jesús resucita, nos abre la puerta a la verdadera vida, una vida que nuestro intelecto no puede concebir, porque está más allá del intelecto humano; es una vida plena en todo el sentido de la palabra. Jesús nos muestra que nuestra vida ya no está limitada por la muerte, sino que es la propia muerte la que nos abre la puerta a una nueva vida, la vida que Dios planeó para nosotros desde antes de crearnos.

Jesús inaugura con su resurrección una humanidad nueva, la definitiva. Por eso, citando a José Luis Martín Descalzo: “Ésta es la gran apuesta que los creyentes nos jugamos en la resurrección de Cristo: si él no resucitó somos los más desgraciados de los hombres, como dijo san Pablo. Pero, si él resucitó, ser hombre es la cosa más exaltante que puede existir”.

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