1.- “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

Por Montserrat Guerrero

Una de las más bellas palabras que puede oír el cristiano y saliendo de la boca del amado es un gozo pleno. Jesús no conoce el odio y no clama venganza.

La ofensa ha sido tan grande que tal vez no merezcamos su perdón, pero el que nos conoce y que sobre todo nos ama, nos da su amor a través del perdón, renovándonos y brindándonos vida. Vida que solo encontramos en Él, vida que renueva en el sacramento de la confesión y que se alimenta en el sacramento de la comunión. Tesoros en la tierra que hasta hace poco el hombre parecía no apreciar. 

“Porque no saben lo que hacen…” Bendita ignorancia y pecadora soberbia. Características que salen a luz en toda la historia de la biblia, desde Adán y Eva (Génesis 3) hasta San Pablo “Pero Dios tuvo compasión de mí porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía” (1 Tim 1-13). Esta soberbia que nos refleja un saber que se cree autosuficiente, una verdad inalcanzable, una dureza de corazón, una torpeza y una negación a la transformación del hombre.

Esta bendita ignorancia por la cual alcanzamos la misericordia de Dios, un consuelo para las almas y la excusa perfecta para pedir perdón a Dios, la puerta hacia la conversión. 

2.- “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43)

Por Juan Carlos Villaseñor Barragán

Considero que esta palabra tiene dos enfoques que impactan directamente en el actuar de los misioneros en esta Semana Santa, que son mostrar el valor de la misericordia y los alcances del arrepentimiento.

La misericordia porque no hay pecador tan malvado que Dios no pueda perdonar, ni nadie que esté demasiado perdido como para no ser alcanzado por la gracia de Dios.

El arrepentimiento, que es lo que logró experimentar este criminal, que fue crucificado junto a Jesús, en el último momento de su vida gracias a que conocía a Jesús y su mensaje en el Evangelio, lo cual se tradujo en su salvación. Por esta razón es fundamental llevar el mensaje del Evangelio al Mundo, se trata de nuestra razón para llevar a cabo, año con año, las misiones de Semana Santa, y para aquellos que no tienen fervor por la palabra de Dios y sus enseñanzas, no queda más que orar por su salvación, a pesar de sus faltas, confiando en la misericordia de Dios.

Recordemos que Jesús no vino al Mundo por los sanos, sino por los enfermos, razón por la cual es admirable el actuar del Papa Francisco, quien ha dicho que la Iglesia de nuestros tiempos es un “Hospital de campaña”, donde se privilegia el amor y la misericordia y se da la inclusión de todos, después de todo, “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”.

3.- “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre.” (Jn 19, 25-27)

Por Daniela Acosta

Jesús está clavado en la cruz, apenas puede hablar. Cada bocanada de aire le produce un dolor profundo y terrible. En ese estado, solo ha hablado con su Padre y con el buen ladrón, pero estas palabras específicamente las dirige a dos personas que ama y que lo han acompañado en sus momentos más difíciles: a su Madre y a su discípulo más amado.

Es curioso pensar que todos los discípulos de Jesús lo abandonaron, a excepción de Juan, pero ninguna de las mujeres que lo seguía lo traicionaron; ellas se quedaron a su lado, llorando y rezando, soportando a su lado. Y Juan, el más pequeño de todos sus apóstoles, asumió un rol de protección y fidelidad, y acompañó a Nuestro Señor todo el tiempo, aún sabiendo que podrían descubrirlo y quizás acusarlo por ser su discípulo, y no solo eso, sino que cuidó de María durante todo el trayecto.

Quizás fue por eso que Jesús, reuniendo todas sus fuerzas, puso en las manos de Juan el bienestar de su dulce madre, sabiendo que una vez que El regresara al lado del Padre, María iba a quedarse sola. Así como Dios le encargó a José velar por María y el pequeño Jesús, así Jesús le encargó a Juan velar por su madre. Pero Juan no estaba solo en ese momento, sino que él nos representaba a toda la humanidad en ese instante junto a la cruz. Ahí Jesús nos dio a su madre como madre nuestra; y María, volviendo a aceptar la Voluntad de Dios, aceptó este nuevo rol de ser madre de la humanidad aún cuando estaba viendo a su propio hijo morir por todos nosotros, ¿y qué hizo Juan? La aceptó sin reservas, y fue fiel a ella, cuidándola como el tesoro que es.

Desde la cruz, Jesús no solo nos regaló la salvación, sino que dispuso de su madre, de la mujer que más amaba en este mundo, para que la compartiéramos con El, para que cuidáramos de ella como El la cuidó desde que la pensó y predestinó, y así, de la mano de María podamos seguir el camino de espinas y flores que Jesús transitó, y así alcanzar la vida eterna.

Tomando en cuenta las circunstancias actuales, ¿no sería prudente acercarnos a nuestra madre, a nuestra intercesora, a la Reina de los Cielos a pedirle su consejo, su cálido manto para que con él nos cubra de todo mal mientras intercede por nosotros ante Dios? Finalmente, nuestra madre siempre podrá conmover el corazón de Jesús.

4.- “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)

Por Miguel Hernández

Ésta es la palabra más escandalosa de todas. ¿Cómo puede Jesús sentirse abandonado por Dios si él mismo es Dios? ¿Es acaso una metáfora? Lo cierto es que Jesús no necesitaba hacer metáforas mientras sufría los tormentos de la cruz. La respuesta la encontramos en San Pablo: “A quien no había conocido el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros a fin de que nosotros nos hiciéramos justicia de Dios en él” (2Cor 5,21). Y es que esto es así. Jesús no cargó con nuestros pecados como quien carga un saco pesado, si se hubiera limitado a tomarlos externamente, no habría sido una verdadera víctima expiatoria, sino que él mismo experimento todos los tormentos de los pecados de la humanidad. Entonces ya nos parece más lógico que el Padre se alejara del pecado. Jesús en ese momento sufrió todos los dolores del infierno, que son precisamente el alejamiento de Dios, pero hay que tener en cuenta una cosa: Sus dolores no fueron de pecador sino de salvador, pues él no cometió ninguno de esos pecado y sin embargo los hizo suyos para poder ser la ofrenda que salvaría al mundo una vez para siempre.

Pero es necesario hacer hincapié en que su grito no es de deseperación, sino de un dolor amoroso, pues esa frase pertenece al salmo 21, que nos rercuerda que la lejanía de Dios no será definitiva, pues el salmo que comienza con esa frase termina con ésta: “Yo viviré para el Señor”. El salmo termina diciendo que está llegando su gloria. Es por eso que el grito de Jesús es sobre todo una oración, una oración de sufrimiento, pero con una esperanza inquebrantable.

5.- “Tengo Sed” (Jn 19:28)

Por Ana Gabriela Gutiérrez

Sabiendo Jesús que ya “todo estaba cumplido”, anunció su Sed, y con esto se cumplió la profesía. Esta frase tan sencilla y poderosa, que cualquier persona puede comprender, es un llamado a todo aquel que busca su propio sentido, que busca La Verdad; que busque y encuentre lo que realmente saciará su Sed, y esto es Jesús, Fuente de Agua Viva… Fuente de Vida.

6.- “Todo está consumado” (Jn 19:30)

Por Mónica Alvarado

Desde que entró el pecado al mundo, Dios había estado preparando a su pueblo para el Mesías, el redentor. Pactó alianzas, entregó su ley, habló por medio de profetas, y por fin, nos envió a su Hijo único. Jesús vino para hacer la voluntad del Padre, para revelárnoslo y mostrarnos cuánto nos ama. Nos lo entregó todo, se dio a sí mismo para quedarse siempre con nosotros en la Eucaristía, nos dio a su madre y finalmente, hasta la última gota de su preciosa sangre y con ella, la redención del mundo entero. Todo se ha cumplido: las escrituras, la historia de salvación, la nueva alianza; todo ha llegado a su culmen en este momento en el que el Amor triunfó.

7.- “Padre, en tus manos entrego mi espíritu.” (Lc 23, 44-46)

Por Mauricio Fajardo

Cuando Adán y Eva pecaron, se escondieron de Dios que buscaba a sus hijos en el jardín; “¿dónde estás ?” A lo que respondió Adán “tuve miedo y me escondí de Ti”.

Hasta la actualidad persiste esta misma actitud en nuestro interior. Desconfiamos de Dios como padre. Muchas veces, abiertamente o en secreto, creemos que Él es enemigo de nuestra libertad. En nuestro inconsciente y en nuestro corazón resuenan palabras como: “Dios no me escucha”, “Dios no me quiere feliz.” Y muchas otras que revelan una secreta desconfianza de Dios. Usualmente, cuando oramos, escondemos de su mirada nuestra vulnerabilidad y usamos máscaras. O desviamos la atención de aquello que realmente sentimos, a través de peticiones u otros temas.

Jesús en ese momento, nos representa a todos nosotros, y tomando nuestra desconfianza clama al Padre “Yo confío plenamente en Ti, solamente puede salir bondad y amor de tu corazón. Confío en Ti”. de pronto se rasga el velo del Templo. El velo del templo significaba una separación entre Dios y su pueblo, entre Dios y tú. Solamente el sumo sacerdote, una vez al año podía entrar al Santo de los Santos, área separada por un velo (donde, para los judíos, habitaba la presencia de Dios). Pero ahora ese velo está roto, Cristo lo rompió con su grito lleno de confianza sobre natural. Ahora ya nada nos separa de Dios. somos hijos en el Hijo.

Jesús murió sin arrepentirse ni por un segundo de llamar a Dios “Padre”. De hecho, esa era la causa de su condena: “Se hace llamar hijo de Dios.” Pero a Jesús no le importa, muere clamando “¡padre!” y nos da su Espíritu, para que no sólo sea uno, sino millones de hijos los que ahora con toda confianza, con toda la carga de lo que significa, podamos gritar “‘¡Padre!”

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